Alguien debería decirnos,

antes de morir,

que todo eso de la luz que inspira al moribundo

es hermosamente falso:

como los unicornios

y las libélulas de jade,

o los vampiros que seducen doncellas

-de ojos lánguidos-

al forrar su ataúd.

Que lo que nos espera,

más bien,

es una devastación minuciosa

y sombras que usurparán

​nuestro corazón:

a eso se parecen los últimos sueños

de las trincheras

y el algodón que besa fatigado,

el contorno de la herida.

Por eso,

porque nadie nos lo dice,

ni siquiera nuestra madre,

merece la pena detenerse

un momento

y pensar en las semillas rojas:

la turgencia de tus labios,

el calor de las manos tras arañar los bolsillos,

el vagón de terciopelo,

la cresta feliz del gallo,

la bombilla en medio de la oscuridad.

Porque lo único que queda a salvo,

mientras vislumbramos

el azar de las estaciones,

es una hoja marrón,

la misma que suspira en el tallo,

se brinda prodigiosa a la luz

y se lanza al vacío,

desnuda,

cuando ya es demasiado tarde.

Por Miguel Paz

2020-02-25T10:20:38+00:0025 febrero, 2020|

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