Leí en algún sitio que hay pocas cosas más tristes que VER un anciano sentado en el filo de la cama de un hospital, con sus manos temblorosas aferradas al colchón y esas canillas tan pálidas flotando sobre el suelo.

Esa imagen podría suavizarse argumentando que, gracias al esfuerzo y el compromiso social, en nuestro país se le presta una atención sanitaria de calidad razonable (aunque estos asuntos son subjetivos), algo que desafortunadamente está al alcance de pocas personas en el mundo. Pero, llegados a este punto, para quien ha sido testigo involuntario de una escena tan desoladora, resulta un magro consuelo.

Nada más triste, sin duda, que ese ser desvalido al borde del lecho, mirando absorto la nada o con zozobra la puerta de su habitación (la rendija que filtra la luz). Le han despojado de todo, empezando por su camiseta y sus pantalones, y si su estancia o su convalecencia se prolongan mucho, acabará por perder aquello que iluminaba su dignidad: el humor y el sosiego, la mesura y la gallardía, y ante todo la memoria, en cada uno de sus ángulos y matices: la memoria de los sabores y los olores, la de los vínculos y la claridad, es posible que también la de los afectos.

A mí ese anciano meciéndose en el borde de la cama me hace pensar en la frase que soltara aquel antiguo pistolero que interpretaba Clint Eastwood en Sin Perdón, cuando susurraba aquello de que “cuando matas a un hombre le quitas todo lo que tiene y…todo lo que podría llegar a ser”. Cuando vemos a esos ancianos aturdidos en los hospitales, a mí me da la sensación de que les hemos quitado todo lo que fueron y, a poco que lo pensemos, lo que les quedaba por ser.

Por Miguel Paz
2019-11-20T06:35:14+00:0020 noviembre, 2019|

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